Biografía de Andrew Carnegie

Andrew Carnegie (1835-1919) fue un industrial estadounidense nacido en Escocia que amasó una fortuna en la industria del acero, dedicándose luego a la filantropía. Su historia se convirtió en una de las mejores de «riqueza a pobreza» conocidas, ya que pasó de ser de una familia humilde y de escasos recursos a ser uno de los hombres más ricos de su época. ¡En esta biografía de Andrew Carnegie resumida veremos cuál fue el secreto de su éxito!

Biografía de Andrew Carnegie resumen

Forjando a un gran hombre

Andrew Carnegie nació en Dunfermline, en el ático de una pequeña casa de un solo piso, el 25 de noviembre de 1835. Fue el primero de los dos hijos de un tejedor de damasco, llamado William Carnegie, y de Margaret, quien hacía trabajo de costurera para los zapateros locales.

Su genio como dirigente lo demostró cuando tenía tan sólo diez años. Describe en su autobiografía que a esa edad cazó una coneja. Cuando ésta tuvo una cría de conejitos y Andrew no tenía nada de comida para ellos, se le ocurrió una idea que a pocos hombres de negocios se les pasaría por la mente: dijo a los niños vecinos que bautizaría a los animalitos con el nombre de quienes ayudasen a alimentarlos.

El resultado fue sorprendentemente positivo. Ese día aprendió la gran lección de relaciones humanas y diplomacia que luego le haría triunfar en el mundo de los negocios.

En 1848, la familia de Carnegie se trasladó a América en busca de mejores oportunidades económicas y se establecieron en Allegheny, Pennsylvania. Sus estudios terminaron en cuanto se fue de Escocia, donde sólo había cursado cuatro años en el colegio. A pesar de esto, Carnegie siempre fue un joven culto y apasionado por la lectura.

Cuando tenía trece años, y poco después de mudarse, su padre encontró un empleo en una fábrica de algodones y consiguió un puesto para él como «el chico de la bobina» (el encargado de cambiar los carretes de hilo) por dos centavos la hora. Andrew recordaba que los días de invierno eran especialmente duros mientras trabajaba para esta compañía; él y su padre tenían que estar allí para antes que saliese el sol y culminaban cuando anochecía. Sin embargo, poder ayudar a su familia hacía que valiera la pena.

Más tarde, la Pennsylvania Railroad Company lo contrató como mensajero por recomendación de su tío, quien era amigo del gerente de la oficina de telégrafos. Carnegie quedó encantado con el trabajo; ¡ganaba más por semana y al fin podía sentir el calor del sol!, por lo que se obligó a sí mismo a aprender a manejar su nuevo oficio en tiempo récord.

Su primera experiencia en organización financiera y liderazgo sucedió cuando, por la llegada de unos mensajes de paga adicional, se originaron grandes conflictos en su división. Todos sus compañeros, chicos como él, se peleaban por ser quienes entreguen dichos mensajes. Para terminar con las disputas de una vez por todas, Carnegie sugirió dividir estas ganancias extras entre todos al final de la semana. Automáticamente fue nombrado tesorero.

La pasión de Andrew por la lectura se intensificó cuando en ese tiempo, el coronel James Anderson abrió su primera biblioteca de 400 volúmenes para jóvenes trabajadores. Por siempre honró y admiró al coronel por tan generosa acción, y desde entonces se juró a futuro invertir su dinero en obras de este tipo con el fin de beneficiar a más niños con pocos recursos y con ansias de aprender.

Ascenso de Andrew Carnegie

Cuando ya tenía un año trabajando para la oficina de telégrafos, el gerente comenzó a pedirle que lo secundara en su despacho mientras asistía a diversas reuniones con fines políticos. Tanta popularidad tenía este hombre, que sus ausencias fueron cada vez más largas y Andrew se iba haciendo más entendido en su rama de trabajo.

Durante este tiempo, Carnegie fue perdiendo popularidad entre sus compañeros, a quienes les incomodaba el nuevo cargo extraoficial que había adquirido, dejando a expensas sus verdaderas responsabilidades. Pero Andrew destacaba por superar su edad; conocía las cuentas y los gastos del hogar, y mantenía conversaciones maduras con sus padres.

Grande fue su sorpresa cuando, a fin de mes, el gerente lo llamó en privado después de repartir los salarios a los demás. La primera impresión de Carnegie fue que iba a ser despedido, pero en cambio, se le notificó de un ascenso de sueldo. Esos 2,15 dólares adicionales le proporcionaron un gran orgullo y lágrimas de felicidad a él y a su familia.

Inicios en el telégrafo

Uno de los trabajos de los chicos mensajeros era barrer la sala de operaciones a primera hora de la mañana, así que aprovechaban el tiempo libre practicando con los telégrafos. ¡Hasta se solían comunicar con muchachos de otras estaciones que también estaban en horas de limpieza!

Un día, entró una llamada urgente cuando aún no habían llegado los operadores, y Andrew resolvió en contestarla él mismo. El mensaje fue recibido con éxito, por lo que después fue solicitado constantemente para asistir a un operador que necesitaba ausentarse. Así, el chico se adiestró en el arte del telégrafo, proponiéndose a traducir los mensajes directamente tan sólo escuchando las señales.

Los operadores solían requerir de un copista para transcribir el mensaje cifrado. Hubo una ocasión en la que Carnegie se encontraba frente al telégrafo y el copista asignado se negaba a «copiar para un mensajero». Andrew se encogió de hombros, tomó el lápiz y la libreta y comenzó a traducir el mensaje por sonido frente a los ojos atónitos del hombre, ganándose su respeto. Poco tiempo después, el chico escocés fue ascendido al puesto de operador.

Con tan sólo dieciocho años de edad, la fama de Andrew llegó a oídos de Thomas A. Scott, el superintendente de la división para la que trabajaba, quien en 1853 decidió contratarlo como su operador de telégrafo personal. Pronto, el Sr. Scott se convirtió en un gran mentor y modelo para el chico, y tal era la confianza que habían adquirido, que Carnegie comenzó a realizar eficazmente tareas que superaban su cargo.

Una gran lección de vida

Una mañana, llegó una llamada telegráfica urgente en ausencia del Sr. Scott. Carnegie, sabía que había que dar órdenes rápidas a unos trenes que estaban parados, obstaculizando el paso y deteniendo la producción. Tomarse tales atribuciones y fallar significaría el fin de su carrera. Pero nuestro chico escocés no lo pensó más, tomó el telégrafo y comenzó a movilizar los trenes.

Cuando entró el superintendente a la oficina, Carnegie se apresuró en mostrarle los reportes de la situación. Todo había marchado a la perfección. El Sr. Scott los detalló en silencio y no dijo una sola palabra más sobre lo sucedido, y a partir de allí procuraba llegar temprano todas las mañanas. La angustia del chico se hizo latente; claramente fue muy arriesgado lo que hizo. Sin embargo, se despreocupó cuando escuchó una conversación en la que su mentor comentaba con orgullo las hazañas de «su pequeño demonio escocés» aquel día.

Carnegie procedió de igual manera en otra situación similar, y desde entonces fue el encargado de dar las órdenes a los trenes. Luego supo que John Edgar Thomson, presidente de la compañía, estaba al tanto de sus proezas dentro del departamento. Este hombre riguroso y reservado, saludaba al chico escocés en cada una de sus visitas periódicas.

NOTA
Constantemente, Andrew Carnegie enfatizaba esta gran lección: El gran objetivo de cada joven debe ser hacer algo más allá de la esfera de sus deberes, algo que atraiga la atención de quienes lo rodean.

Comienzos en el mundo de las inversiones

Los finales de 1855 eran tiempos de grandes gastos para la familia Carnegie: la compra de un terreno con dos casas y la dolorosa muerte de su padre. Los ahorros estaban a cero cuando el señor Scott le hizo a Andrew una propuesta; tenía para él una oportunidad de inversión en las acciones de Adam Express por quinientos dólares.

Su casa estaba valorada por precisamente esa cantidad y, por sugerencia de su madre, la hipotecaron para obtener el préstamo. Por fortuna, Thomas Scott se ofreció a pagar la prima de cien dólares adicionales.

A Carnegie le fue tan bien con Adam Expres que, para 1860, había invertido en puentes, vagones dormitorios, torres petroleras y ferrocarriles.

Logros y últimos años de Andrew Carnegie

En 1856, Thomas Scott fue ascendido a superintendente general de Pennsylvania Railroad y Carnegie pasó a sucederlo en su anterior puesto con tan sólo veintiún años de edad. Y así ocupó el cargo hasta que en 1865, abarrotado de las responsabilidades de sus inversiones, decidió renunciar a la compañía.

A lo largo de su vida, Carnegie continuó expandiéndose en el mundo de los negocios, invirtiendo y fundando empresas como la Carnegie Steel Company, hoy en día llamada United States Steel Corporation (conocida en su momento como la mayor productora de acero a nivel mundial).

Ya para los treinta años, Carnegie era uno de los hombres más adinerados de su país.

También fundó varias ONG’s, erigiendo numerosas bibliotecas abiertas para niños con pocos recursos y una casa de estudio en Pittsburgh con el nombre de Carnegie Mellon University, uno de los mejores centros de investigación científica del país.

Carnegie falleció en 1919 con ochenta y tres años de edad, en Shadowbrook, su propiedad en Lenox, Massachusetts.

NOTA
Este magnate tenía tan buena relación con sus empleados, que mandó grabar en su epitafio (y así se hizo) la siguiente inscripción: «Aquí yace el hombre que supo rodearse de hombres más hábiles que él».

Andrew Carnegie fue y será recordado por algunos como «El Rey del Acero», y por otros como el magnate filántropo que enseñó a todos no sólo a ser bondadosos sin ver a quién, sino a ser persistentes y exigirnos siempre más, para que el universo nos otorgue más.

Todos buscan el camino al éxito, pero la mayoría no lo consigue. Quizás Andrew Carnegie tenga la clave para diferenciar el éxito del fracaso:

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Ponemos punto y final a esta biografía de Andrew Carnegie. Si requieres ayuda para conocer otras biografías, nosotros te la prestamos en nuestro apartado de ➽➽➽ Empresarios.
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